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Las librerías y sus ladrones urbanos

 

Milano, Italia, verano 2014 /  © Ofelia Huamanchumo de la Cuba

"[...], luego de unos pocos meses de vivir en París conocía ya un gran número de librerías, grandes y pequeñas, en especial las situadas en el barrio latino. La experiencia me había dado ya algunas lecciones: aprendí, entre otras cosas, que antes de robarme un libro era saludable hacer una visita previa a la librería elegida, para de esa manera estar familiarizado con el local, con las puertas de salida, con la cantidad de empleados; esto no excluía, ciertamente, que alguna vez comprara algo, para pasar inadvertido, y tener la imagen de un inofensivo y adocenado cliente."                                                              Ladrón de Libros, Jorge Cuba-Luque


[Fragmento:] 
Las librerías, o paraísos donde se adquieren libros impresos a cambio de un pago, han mutado en menos de medio siglo a una velocidad de viaje sideral. Tanto así, que sus formas primigenias se me desdibujan en la mente aunque me baste oler la madera de un lápiz de color para recordar un poco. Una librería, en mi niñez, era una tienda donde se podían comprar útiles (cuadernos, lápices, colores, tablas de suma-resta-multiplicación-división, juegos de reglas de plástico) y libros para el colegio, de las diferentes materias y grados. En mi barrio de Lima había tres librerías. Una, que vendía más útiles que libros escolares, a precios muy baratos; otra, que vendía artículos de oficina muy caros y algunos pocos libros universitarios, y a la que un día llegó una fotocopiadora (que empezó a reemplazar al dibujo libre entre los escolares, porque fotocopiar una ilustración enciclopédica era más fácil que pintar la tarea del colegio); y una tercera librería, cuyo interior nunca nadie de la collera se atrevió a pisar, pues era oscuro, nada acogedor y paraba vacío, a juzgar por lo poco que se veía a través de la vitrina a la calle, donde se exhibían libros 'para grandes', o sea, literatura.

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Seguir  leyendo en mi columna Urbes Textuales, de OTROLUNES - Revista Hispanoamericana de Cultura (julio 2023, año 17, nr. 65).





Las catedrales, las iglesias y las parroquias de barrio

 

Ica, Perú, año 2003 - © Ofelia Huamanchumo de la Cuba

  "No, no —contestaba riendo [el viejo zapatero a los niños provincianos]—  en Lima ya no hay tapadas ni carruajes con caballos y es muy difícil ver al Presidente. Pero en la Catedral, eso sí, se pueden ver los restos de Francisco Pizarro. Y en las calles hay tanto autos como cuando aquí hay entierro de gente rica. Los edificios son diez veces más altos que nuestra capilla"   

 El espíritu de la ciudad, Oswaldo Reynoso

Las iglesias latinoamericanas se podrían clasificar en varios grupos, desde el punto de vista  arquitectónico. Me refiero a los edificios y a los templos que son las construcciones, en los más diversos estilos, de las iglesias de varias y distintas religiones. Se puede decir que hay iglesias que son casi museos, por ser antiguas y dar refugio a piezas de arte de gran valor histórico y monetario: pinturas, esculturas, mosaicos, frescos, vitrales, pseudo-reliquias, altares. Dichas iglesias se ubican en medio de centros urbanos, o en pueblos alejados de la urbanidad, cual reservas rurales de patrimonio cultural, provechosas para la historia del arte. Algunas de esas iglesias-museo en las grandes ciudades exigen el pago de una entrada para acceder a ciertos de sus espacios, aunque sigan ofreciendo misas rutinarias y domingueras de manera gratuita, no faltaba más, puesto que las iglesias, en particular las católicas, han perdido visitantes; y lo que es peor, han perdido ovejas y hasta pastores en las última décadas por diversos motivos. Cobrar por oír misa sería su acabose. 

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Seguir leyendo en mi columna Urbes Textuales, de OTROLUNES - Revista Hispanoamericana de Cultura (abril 2023, año 17, nr. 64).

Publicado en:  URBES TEXTUALES (München, 2023; 84 págs / ISBN 978-3-758432262).

 


Los puentes urbanos

 

Puente de los Suspiros en el distrito limeño de Barranco*

"Es mi puente un poeta que me espera
con su quieta madera cada tarde.
Y suspira y suspiro, me recibe y le dejo
solo, sobre su herida su quebrada..." 
Puente de los Suspiros [1960, vals] 
Chabuca Granda

Los puentes en las ciencias humanas, pero sobre todo en la literatura, han servido, y sirven, con frecuencia como metáfora de unión entre dos entes que están separados, por naturaleza o por destino. Se habla del puente entre dos culturas antagónicas, del puente entre dos etapas históricas, de los puentes culturales que toda ciudad cosmopolita construye de manera permanente hacia lo que la va invadiendo. Desde el punto de vista arquitectónico, los puentes urbanos tienen en muchas ciudades una función ante todo práctica, es decir, sirven para unir dos espacios que, de otra manera, quedarían aislados, porque los separa un canal, un río o un abismo, o el mar de automóviles de una gran vía. Y hete ahí que, en el caso de los puentes peatonales, estos incluso llegan a ser útiles para salvar vidas humanas, aquellos sobre grandes avenidas o la Panamericana Sur, por ejemplo, que invitan al apurado citadino temerario de las grandes urbes a no cruzar a pie pistas de alta velocidad, sino a utilizarlos. 

              De otro lado, totalmente diferente, hay puentes que se han convertido en símbolo emblemático de grandes ciudades, y también al revés, ciudades que han hecho de ciertos puentes propios el símbolo de una leyenda, de una creencia, de una marca comercial-cultural. Y en ese afán, muchas veces, el significado o utilidad originaria de aquella construcción urbana ha perdido, o ganado, lecturas. 


Seguir leyendo aquí: OTROLUNES - REVISTA HISPANOAMERICANA DE CULTURA (enero 2023, año 17, nrº 63)

Publicado en:  URBES TEXTUALES (München, 2023; 84 págs / ISBN 978-3-758432262). 

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*Fuente de la imagen: Commons.wikipedia.org 

Los ríos urbanos

Foto: "Río Rímac" - Lima, marzo 2022 /  © D. Huancaya

"Nuestra ruta se ceñía al valle del Rímac, a lo largo del río del mismo nombre que atraviesa Lima y en su curso irriga todo el territorio adyacente. El verdor y la frescura de la vegetación en la vecindad de sus riberas, y las muchas arboledas hermosas que diversifican el paisaje, ofrecían un agradable contraste con los estériles y rocosos cerros que nos rodeaban por todas partes. Sin embargo, mientras pasábamos ningún signo de cultivos o de habitantes alegró la vista o contentó el corazón, y el escenario estaba fiado solo a la mano de la naturaleza, por su belleza y efectos pintorescos. Al ascender las alturas captamos una vista de las torres y cúpulas de Lima, y del distante océano al fondo..."                

Narrative of a visit to Brasil, Chile, Peru [Londres 1825]* 

Gilbert F. Mathison


El río Nilo es a la cultura egipcia lo que los Andes a la peruana, escribió una vez el crítico literario y ferviente político del siglo XX Luis Alberto Sánchez.  Y yo digo, reduciendo, que el río Rímac es al principio milenario y paradójico de la ciudad de Lima. De la confusión en torno a los orígenes del nombre de la capital del Perú, tomado del valle, que se remite al río que lo riega, aclaró ya hacia 1609 el Inca Garcilaso en sus Comentarios Reales: "Porque no sea menester repetirlo muchas veces, diremos aquí lo que en particular hay que decir del valle de Pachacámac y de otro valle, llamado Rímac, al cual los españoles, corrompiendo el nombre, llaman Lima. [...] El valle de Rímac está a cuatro leguas al norte de Pachacámac. El nombre Rímac es participio de presente, quiere decir: el que habla. Llamaron así al valle por un ídolo que en él hubo en figura de hombre, que hablaba y respondía a lo que le preguntaban, como el oráculo de Apolo Délfico y otros muchos que hubo en la gentilidad antigua; y porque hablaba, le llamaban 'el que habla', y también al valle donde estaba".

            En efecto, y de manera muy personal, ese río, uno de los tres que atraviesa la urbe limeña de hoy, resultó para mí un dador de ideas y un lugar de inspiración artística, a pesar de que su sola contemplación puede dejarla a una sin palabras. No se piense que estamos hablando de un enorme afluente de aguas turquesas y ensoñadoras, sobre el que circulan embarcaciones turísticas a todo dar, como por el Siena, el Rin, o el Danubio; no. Todo lo contrario: los relaves mineros andinos, las desembocaduras de desagües urbanos ilegales y el malsano status quo, de agarrarlo de vertedero de basuras en varios de sus tramos, trazan su actual perfil hidrográfico incluso al atravesar la urbe capitalina. No obstante, y desde una óptica más ancestralmente supersticiosa, el Rímac resultó también para mí un oráculo y un destapador de misterios...

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* Tomado de: El Perú visto por viajeros (Tomo I: La costa). Prólogo, recopilación y selección de Estuardo Núñez (Lima: Peisa, 1973; colección Biblioteca Peruana).


------Seguir leyendo en OTROLUNES - Revista Hispanoamericana de Cultura, Nr 62 (Año 16),  marzo 2022.

Publicado en:  URBES TEXTUALES (München, 2023; 84 págs / ISBN 978-3-758432262). 



Los cementerios

"Hacia mis quince años conocí a un grupo de chicos que se reunían en la Plaza de la Constitución. Su vestimenta los destacaba del resto de los habitantes de la ciudad: usaban ropa oscura y desgastada con motivos de calaveras, zapatos industriales, chaquetas de cuero negro. A primera vista yo no tenía nada que ver con esa gente, excepto que su lugar predilecto para reunirse era el Panteón San Miguel. Aproveché la primera oportunidad que tuve para demostrar que conocía todos su recovecos. La afición de estos chicos por lo fúnebre me hacía pensar en mis autores más queridos. Empecé a hablarles de ellos, a contarles historias de apariciones y fantasmas, y terminé por convertirme en una integrante más del grupo. Fueron ellos quienes me iniciaron en Tim Burton, en Philip K. Dick cuyas novelas adoré desde el principio, y en otros autores como Lobsang Rampa que nunca acabaron de gustarme."

Después del invierno, Guadalupe Nettel  

A una pareja de peruanos, que vivía aquí en Múnich ya un par de años, les pasó algo inaudito. Resulta que una vez vieron un alma en pena, vestida de blanco, en el cementerio Westfriedhof. Fue una noche en la que regresaban a pie de una reunión, algo bebidos. Cuando casi daban las doce en punto y teniendo de manera ineludible que bordear aquel camposanto para llegar a casa, se vieron alumbrados por un brevísimo resplandor que salía desde dentro del parque de tumbas, aseguraban. Ellos creyeron ver en aquel detalle una señal de sus seres queridos ya fallecidos. No sé por qué, pero mientras me contaban aquella anécdota se me iba metiendo el miedo en el cuerpo. Pienso que no tanto por la fantasía que tenía desarrollada en mi imaginación tras haber leído tantas historias de terror que suceden en cementerios, sino porque la complicidad de ser compatriotas míos le daba crédito a aquel episodio, que en boca de algún muniquense me hubiera sonado absurdo, falto de esa superstición ancestral tan típica de las historias de aparecidos contadas allá en mi adolescencia entre broma y broma con los amigos del barrio, sobre todo en la víspera del día de los muertos, más conocida ahora como halloween, con las luces apagadas y un par de velas encendidas...


Seguir leyendo aquí:

OTROLUNES - Revista Hispanoamericana de Cultura Nr.61 (Año 15) noviembre 2021


Publicado en:  URBES TEXTUALES (München, 2023; 84 págs / ISBN 978-3-758432262).

Los zoológicos

 

Parque de las Leyendas
Felinario (Parque de las Leyendas)



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"Tomamos los jeeps para dirigirnos hacia la parte de la Hacienda Nápoles dedicada al zoológico. Escobar conduce uno de los vehículos y está acompañado de dos chicas brasileras en tanga [...] En la distancia aparecen tres elefantes, quizás la primera atracción de todo circo o zoológico que se respete. Aunque yo nunca he podido distinguir entre los asiáticos y los africanos, Escobar los describe como asiáticos. Nos informa que los machos de las especies mayores y en vía de extinción de su zoológico tienen dos o más hembras y que, en el caso de las cebras, los camellos, los canguros, los caballos appaloosas u otros menos costosos, muchísimas más. Y añade con una sonrisa maliciosa: —Por eso se mantienen tan contentos, y no atacan ni son violentos."

Amando a Pablo, odiando a Escobar  - Virginia Vallejo 

  Siempre he confesado que mis libros de cabecera van todos de psicología animal, y que me gusta observar animales salvajes, pero no en el zoológico, sino en su hábitat original. Creo que el marco de lo natural permite a las bestias salvajes el movimiento en libertad, no calculado, auténtico, feliz, algo lejos de lo que pudiera ofrecerles hasta la más fina jaula de oro en un zoológico. No obstante, después de haber visitado varios zoológicos en grandes ciudades del mundo y experimentado la misma sensación de tristeza por las fieras encerradas, como si hubieran cometido un delito a cadena perpetua, yo creo que estos lugares extraordinarios de las grandes ciudades del mundo llegan a ser en algunos casos un mal necesario. ...>>


Seguir leyendo aquí:  OTROLUNES - Revista Hispanoamericana de Cultura, Nr. 60 (sep. 2021), Año 15.

Publicado en:  URBES TEXTUALES (München, 2023; 84 págs / ISBN 978-3-758432262.

Las salas de cine

 

© Ofelia Huamanchumo de la Cuba


            "Los mendigos anónimos
vienen del cine mudo
posan en blanco y negro [...]
los mendigos anónimos
antes tenían nombres
y memoria y subtítulos"
En  blanco y negro, Mario Benedetti

Si preparo popcorn en casa, dos cosas me vienen a la memoria: los festejos de cumpleaños de la niñez y las salas de cine de Lima. Desde el nacimiento mundial del séptimo arte las salas para proyectar películas parecían ser parte inherente de ese fenómeno que tanto fascinara enseguida a las vanguardias del mundo entero. Primero, mudo, y a blanco y negro, luego con música al paralelo, después con sonido, más tarde a colores, con subtítulos, mucho después doblado a otros idiomas, muchísimo después en 3D con las supergafas oscuras, incluso con efectos sonoros extras en sala y movimientos de butaca, dependiendo del lugar. Aquí en Múnich, sala de gala, con asientos reclinables y mesitas desplegables con servicio de champán y cena a la carta. Todo iba viento en popa hasta que pasó un huracán pandémico que nos movió la alfombra roja y convirtió la esencia del cine en una pregunta de vida o muerte, o de reinvención, o de renacimiento: ¿el cine es igual a sala de cine? ¿son necesarias las salas de cine? ¿netflix no es cine, por más que uno tenga un pantallón instalado en la pared más grande de la casa? ¿un streaming de película cinematográfica no es cine? ¿el chiste del cine era mirar la película en medio de una masa de gente, entre cuatro paredes, engullendo popcorn? 


....Seguir leyendo aquí:   OTROLUNES  - Revista Hispanoamericana de Cultura Nr. 59, Año 15 (mayo 2021).

Publicado en:  URBES TEXTUALES (München, 2023; 84 págs / ISBN 978-3-758432262.

Las bibliotecas

 



"Las epidemias, las discordias heréticas, las peregrinaciones que inevitablemente degeneran en bandolerismo, han diezmado la población. Creo haber mencionado los suicidios, cada año más frecuentes. Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana —la única— está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta."          La Biblioteca de Babel, Jorge Luis Borges                                                                                                


          «En la biblioteca de un centro de idiomas ubicado en la ciudad de Lima allá por los años noventa del siglo pasado una de las pocas bibliotecas que ofrecían estantes de libros para lectura presencial en esa época se hizo un estudio estadístico sobre pérdidas de libros (bajo la causa "no devuelto" o "ejemplar desaparecido en sala") y resultó ser que "se perdían", si mal no recuerdo, dos libros por día, y aquella biblioteca solo abría 6 horas al día, de lunes a viernes. De leyenda. Bien; pero actualicemos. Un programa de fomento de lectura de la ciudad de Lima vino a ofrecer hace un par de años el servicio de préstamos de libros para lectura durante el viaje en transporte público. En el primer año se registraron pérdidas del noventa por ciento de los ejemplares. Menos mal que, con las campañas de "educación civil" que se vio obligado a crear aquel programa para subvertir tamaña ignominia, se logró casi revertir la cosa en un año más. Increíble fenómeno; o milagro de octubre limeño...»


Seguir leyendo aquí:
OTROLUNES - Revista Hispanoamericana de Cultura, Nr. 58, (feb 2021), Año 15.


Las huacas citadinas


                                                
"Más tarde, cuando conocimos la Huaca Juliana, nos olvidamos del mar. 
La huaca estaba para nosotros cargada de misterio. Era una ciudad muerta, 
una ciudad para los muertos. Nunca nos atrevimos a esperar en ella el atardecer
bajo la luz del sol era acogedora y nosotros conocíamos sus terraplenes y el 
sabor de su tierra, donde se encontraban pedazos de alfarería.  A la hora del
crepúsculo, sin embargo, cobrara un aspecto triste, parecía enfermarse y
nosotros huíamos, despavoridos, por sus faldas".
Los eucaliptos, Julio Ramón Ribeyro.



«Las huacas de Lima son edificios de edades ancestrales: restos arqueológicos de construcciones de impronta prehispánica que la desidia vecinal limeña no ha logrado destruir a pesar de tanta modernidad citadina. Las hay por todas partes, imposible viajar un buen rato en auto por Lima y no toparse con alguna. El material con el que generalmente fueron construidas es el adobe, frente al cual las escasas lluvias y la fina garúa limeñas poco poder destructivo han tenido; no obstante, ell corazón con que los habitantes de mi ciudad las miran y protegen es bien diferenciado.....»


Seguir leyendo aquí:
OTROLUNES - Revista Hispanoamericana de Cultura, Nr. 57 (noviembre 2020) , Año 14
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Imagen: Foto de la Huaca Mateo Salado desde el colegio que colinda con ella (IE 1021), Lima.


Los cafés y las fuentes de soda

 


"Y pienso que si no hubiera nacido, otro pobre tomara este café"

César Vallejo


«Café con letra. Ese era el nombre del boletín literario que edité hacia fines de la década de los noventa en Lima. La palabra 'café' aludía ahí a la bebida producto derivado del grano del mismo nombre que yo llegué a consumir con devoción en aquella época bajo el convencimiento de que ese oscuro bebedizo pudiera traerme lucidez, inspiración literaria y un insomnio que me permitiera alargar la jornada para leer y escribir más durante una mayor cantidad de horas al día, o incluso refugiarme en la lectura rápida y voraz entre los silencios exclusivos de las madrugadas....»

........Seguir leyendo aquí:
OTROLUNES - Revista Hispanoamericana de Cultura, Nr. 56 (agosto 2020) , Año 14


Las alamedas y los boulevards



 Lima

"A esta alameda muriente
 he traído mi cansancio,
y estoy ya no sé qué tiempo
tendida bajo los álamos,
que van cubriendo mi pecho
de su oro divino y tardo."
Gabriela Mistral


Mi vieja costumbre de salir a caminar. Salir a andar por las calles del limeñísimo centro de mi ciudad para pensar, es decir, caminar sin observar nada. Circulación autónoma y anónima, o como la de cualquier sencillo número de una contribuyente de impuestos más. Disfrutar del paseo sola en medio del amontonamiento de ciudadanos apurados.  Esquivar, no necesariamente, un codazo, un roce, un estornudo, una tos, ni tampoco incluso a un carterista, a un bolsiqueador, a un listo. Caminar sin que me importe nada y sin ser reconocida por nadie, porque en las grandes urbes los infiernos son diminutos, y se puede ser feliz marchando así.
      De pronto, sentir la necesidad una tarde de oír el mecer de las ramas por el aire, el rish-rash de las hojas removidas por el viento.  Dirigirse, entonces a la alameda, al boulevard, a la avenida con palmeras. Lima es grande y hay espacio para todo tipo de calles y avenidas, paseos peatonales y jirones, con o sin árboles de cedro, casuarinas, poncianas, o eucaliptos. En una alameda de Barranco concentrarse en el trino de los pájaros y olvidar la gentil urbanidad. O en el Paseo de La Punta, al pie del mar, cruzarse con igual cantidad de gentes e ignorarlas.  Sentirse así, anónima también, en la frontera entre cemento y naturaleza.


Seguir leyendo aquí:
OTROLUNES - Revista Hispanoamericana de Cultura, Nr. 55, Año 14

Los bares, las cantinas y los shishabars

Bar "Museo del Pisco", Lima

"Yo, es la primera vez que vengo al Negro-Negro 
dijo Santiago.Vienen muchos pintores y escritores, ¿no?
Pintores y escritores náufragos dijo Carlitos
Cuando yo era un pichón entraba aquí como las beatas
 a las iglesias. Desde ese rincón, espiaba, escuchaba,
cuando reconocía a un escritor me crecía el corazón. 
Quería estar cerca de los genios, quería que me contagiaran."
Conversación en La Catedral, Mario Vargas Llosa


El "Negro-Negro" es un bar en el que conversan los personajes de Zavalita y Carlitos en diálogos intrusivos dentro del diálogo mayor que se lleva a cabo en el bar "La Catedral". Si bien un bar con el mismo nombre algún día existió en la ciudad de Lima y hoy ya no existe, los seguidores del afamado autor de Conversación en La Catedral visitan el sitio para decir "aquí estaba ese bar".
En la literatura contemporánea hay historias que ocurren en los bares de grandes urbes. Esos bares fictivos, cuando tienen sus correlatos en las realidades urbanas de ciudades en concreto, saltan a la realidad para convertirse en sello especial de determinados lugares y cobrar cierto fetichismo. Es el caso del Bar Cordano, el Queirolo, o el Bar del Hotel Bolívar del centro de Lima, por los que todo el mundo quiere pasar, para ver el escenario real que aparece en ciertas historias consagradas. Por otro lado, hay otro tipo de bares reales en las ciudades reales que se convierten en lugares a los que concurren los narradores mismos, como el Floridita de La Habana, al que iba mucho Hemingway. De ahí que muchos aspirantes a poetas, y amantes de las letras y la escritura, se empeñen en visitarlos, convencidos de que adquirirán inspiración, o de que podrán reencontrarse con los espíritus de los escritores muertos y combatir así un poco la página en blanco. También, para muchos, asistir a esos bares 'literarios' es un simple gesto ceremonial que busca rendir homenaje a una figura especial de la historia de lecturas personales.


Texto completo en:  OTROLUNES Revista Hispanoamericana de Cultura, Nr. 54, Año 14

Los edificios y los ascensores


Lima, siglo XXI


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Cinco metros de poemas [1927] 
Carlos Oquendo de Amat


Si alguien me preguntara por la diferencia arquitectónica entre una ciudad y un pueblo, de hecho lo primero que señalaría yo como construcciones significativas de la gran urbe serían sus altos edificios: no sus casitas a dos aguas, sino sus azoteas coronando elevados inmuebles; no el armonioso condominio de moradas de una planta con jardines comunes, sino la elevadísima mole de concreto con números de apartamentos en vez de nombres de vecinos; no sus edificaciones medianamente "subibles a pie", sino sus construcciones supraterrenales, imposibles de conquistarse sin ascensores, y que parecen seguir una especie de estilo gótico ultramoderno, como espigados monstruos de cemento intentando estar lo más cerca del cielo. No por nada las imágenes que se evocan al pensar hoy en día en alguna de esas grandes urbes son aquellas donde reinan excelsos edificios, desde rascacielos y alzados bloques lujosos hasta verticales favelas de hormigón, como hay en Nueva York, Tokio, Dubai, Londres, París, Frankfurt, Milán, Río de Janeiro, Buenos Aires, Caracas.  



Seguir leyendo en mi columna Urbes Textuales :
OTROLUNES - Revista Hispanoamericana de Cultura, junio 2019, nr. 51, Año 13. 

Los semáforos



Semáforo doble en la Plaza Mayor de Lima

"Esa chica de azul que espera enfrente en
el semáforo, ¿quién será?,¿de dónde vendrá?,
 ¿adónde irá con el bolso en bandolera?"
Manuel Vincent

El instante suspendido de lo que dura el color rojo de un semáforo para peatones ---en medio de ese inexorable tiempo de las grandes urbes--- puede ser el marco a una extraña reminiscencia, a un dubitativo recuerdo de alguien que acaso se creyera haber conocido en otra vida, a una fugaz ternura, e incluso exagerando, a un amor a primera vista. Todo a condición de soñar, de darse el lujo de jugar a evadir la realidad por unos segundos. Segundos que entonces se convierten en un bálsamo temporal, en una festina lente de ese apresurado devenir del hombre contemporáneo.  ¿Qué sería de tantos peatones apremiados en Berlín, Bonn, París, Milán, Viena, o peor aun, en Nueva York, en Tokio?, para quienes los semáforos pudieran ser la única forma de hacer un alto en su diario trajín, como quien se mira ante un espejo, contemplando a otros de su especie con las mismas prisas, aunque debido a distintas causas, detenidos enfrente.
[...]


Ver texto completo en mi columna URBES TEXTUALES:
OTROLUNES - Revista Hispanoamericana de Cultura nr. 50, marzo 2019, año 13. 

Las multitudes



"À côté des fourmis, les populations"
Alfred de Vigny

Contemplar la ciudad de Lima desde el mirador ubicado en la cima del Cerro San Cristóbal es una experiencia que empapa nuestros cinco sentidos de impresiones únicas e inenarrables. La vista ofrece un color arena, secundado de un celestial gris, como si toda la capital estuviera cubierta de un fina capa de polvo. Un ligero e imperceptible olor a basural incinerándose contribuye también a esa invasión que sufren hasta los olfatos menos refinados. Si uno va comentando algo mientras observa la metrópoli anónima, la lengua parece llenarse de un fino talco que suele no ser otra cosa que tierra muerta levantada por una ligera brisa. Las uñas de las manos pueden llegar a negrearse sin haber tocado carbón alguno, tal vez a raíz del smog que, sumado a la humedad, se pegotea por todos lados. Lo menos perceptible resulta ser, sin embargo, eso que le da el toque de urbe inconmensurable e inasible a tamaña región cosmopolita como es Lima: su ruido. Es un ruido sordo que se oye allá arriba, si uno cierra los ojos y se percata. Llega como de muy lejos y, no obstante, se siente cerca. Es una bulla urbana que uno se imagina posible en aglomeraciones de millones de gentes en su cotidiano quehacer. Es un rumor salido de multitudes interactuando y que comprende bocinazos, motores, silbatos de policía de tránsito, campanillas de camión de la basura, ajetreo comercial, muchedumbres haciendo ruido con el choque de sus zapatos contra las aceras, o con su simple conversación callejera; en pocas palabras, es el ruido de un hormiguear de gentes. Sobre todo es aquel runrún de hormigas humanas lo que produce un estremecimiento que colinda con el vértigo.
[...]
Al fondo: Cerro San Cristóbal, Lima

Ver texto completo en mi columna URBES TEXTUALES:  OTROLUNES - Revista Hispanoamericana de Cultura, Nr. 48, noviembre 2018, Año 12.


La calle

Av. La Marina, Lima 2001

"Tú tienes lle-ca", me dijo el chico que había conocido en la interminable cola de un viejo cine limeño al que había ido sola, poco después de cumplir mi mayoría de edad a finales de los años ochenta.  En esa ocasión a aquel simpático muchacho le entendí que se refería a que yo no le parecía tonta, sino lista, o sea, astuta; es decir, en otras palabras y por el machismo que salía de su mirada: le parecía bien 'zorra'. Y es que la verdadera escuela de la vida en las grandes urbes del mundo como Lima parece tener que ser la escuela de las calles, primero las de tu barrio y luego las que vas conquistando poco a poco; solo que en sociedades como la Lima de ese entonces las aceras parecían reservadas para cosas de hombrecitos y no de niñas. Pero, de verdad: ¿nos dejan alguna moraleja las veredas, las esquinas, la avenida, la callecita, el pasaje? ¿Es verdad que algo se aprende tonteando por el barrio o atreviéndote junto con tus amigos desde temprana edad a traspasar las calles de 'tu zona', primero a pie, luego con la bici? ¿Son esenciales para la vida los primeros e inocentes rituales callejeros transgresores: tocar timbres y correr, y otras palomilladas? Será tal vez que muchos de esos paradigmas son herencia de un imaginario colectivo de alguna ancestral lección que nos hace ver la calle del gran conglomerado cosmopolita como fuente de sabiduría emocional. O quizá sea esa vieja tradición religiosa impregnada en nuestras sociedades occidentales de considerar a las grandes ciudades como las madres de todo pecado, las prostituidas, salidas de esas historias bíblicas que parieron a más de una metrópoli: Babilonia, Sodoma, Gomorra, que junto a otras tantas urbes textuales se van heredando y plasmándose en las literaturas del mundo, pasando de la ficción a la realidad y viceversa.
[...]


Ver texto completo, publicado en mi columna URBES TEXTUALES:
OTROLUNES - Revista Hispanoamericana de Cultura nr. 47, setiembre 2018, año 12. 

Los cisnes cuello blanco

Nunca me tragué el final del cuento de Hansel y Gretel. Que los dos niños se fueron volando a lomo de cisne hasta casa y todos fueron muy felices, había sido siempre para mí un final demasiado tirado de los pelos. Cuando era aún pequeña y no había visto un cisne en mi vida, yo creía por categorización mental, o inercia cognitiva que esas hermosas aves eran solo poco más grandes que un pato. Siendo así, no imaginaba que dos cisnes pudieran lo que se dice 'volar' alto como los patos grandes y regordetes que había visto alzar vuelo con muchísimo esfuerzo en tierras iqueñas, si encima tuvieran que llevar dos niños a cuestas. Hasta que un día, cuando ya era joven y no hacía mucho que acababa de instalarme en Múnich, experimenté una visión casi de cuento. Mientras estaba con la mirada perdida en dirección al tráfico de la avenida que se veía desde la ventana de mi piso, me distrajeron de ese ensimismamiento dos cisnes blancos que atravesaban el firmamento dando la impresión de que solo raspando irían a superar el edificio de cuatro pisos en el que me encontraba, o que se estrellarían contra él. Nada de eso ocurrió. Entonces me convencí, de la noche a la mañana, de que los cisnes sí podían ser tranquilamente héroes de historias imposibles. 

.... Seguir leyendo en mi columna BESTIARIO PERSONAL, en OTROLUNES - Revista Hispanoamericana de Cultura, nr 45, feb 2017, año 11