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Las librerías y sus ladrones urbanos

 

Milano, Italia, verano 2014 /  © Ofelia Huamanchumo de la Cuba

"[...], luego de unos pocos meses de vivir en París conocía ya un gran número de librerías, grandes y pequeñas, en especial las situadas en el barrio latino. La experiencia me había dado ya algunas lecciones: aprendí, entre otras cosas, que antes de robarme un libro era saludable hacer una visita previa a la librería elegida, para de esa manera estar familiarizado con el local, con las puertas de salida, con la cantidad de empleados; esto no excluía, ciertamente, que alguna vez comprara algo, para pasar inadvertido, y tener la imagen de un inofensivo y adocenado cliente."                                                              Ladrón de Libros, Jorge Cuba-Luque


[Fragmento:] 
Las librerías, o paraísos donde se adquieren libros impresos a cambio de un pago, han mutado en menos de medio siglo a una velocidad de viaje sideral. Tanto así, que sus formas primigenias se me desdibujan en la mente aunque me baste oler la madera de un lápiz de color para recordar un poco. Una librería, en mi niñez, era una tienda donde se podían comprar útiles (cuadernos, lápices, colores, tablas de suma-resta-multiplicación-división, juegos de reglas de plástico) y libros para el colegio, de las diferentes materias y grados. En mi barrio de Lima había tres librerías. Una, que vendía más útiles que libros escolares, a precios muy baratos; otra, que vendía artículos de oficina muy caros y algunos pocos libros universitarios, y a la que un día llegó una fotocopiadora (que empezó a reemplazar al dibujo libre entre los escolares, porque fotocopiar una ilustración enciclopédica era más fácil que pintar la tarea del colegio); y una tercera librería, cuyo interior nunca nadie de la collera se atrevió a pisar, pues era oscuro, nada acogedor y paraba vacío, a juzgar por lo poco que se veía a través de la vitrina a la calle, donde se exhibían libros 'para grandes', o sea, literatura.

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Seguir  leyendo en mi columna Urbes Textuales, de OTROLUNES - Revista Hispanoamericana de Cultura (julio 2023, año 17, nr. 65).





Las catedrales, las iglesias y las parroquias de barrio

 

Ica, Perú, año 2003 - © Ofelia Huamanchumo de la Cuba

  "No, no —contestaba riendo [el viejo zapatero a los niños provincianos]—  en Lima ya no hay tapadas ni carruajes con caballos y es muy difícil ver al Presidente. Pero en la Catedral, eso sí, se pueden ver los restos de Francisco Pizarro. Y en las calles hay tanto autos como cuando aquí hay entierro de gente rica. Los edificios son diez veces más altos que nuestra capilla"   

 El espíritu de la ciudad, Oswaldo Reynoso

Las iglesias latinoamericanas se podrían clasificar en varios grupos, desde el punto de vista  arquitectónico. Me refiero a los edificios y a los templos que son las construcciones, en los más diversos estilos, de las iglesias de varias y distintas religiones. Se puede decir que hay iglesias que son casi museos, por ser antiguas y dar refugio a piezas de arte de gran valor histórico y monetario: pinturas, esculturas, mosaicos, frescos, vitrales, pseudo-reliquias, altares. Dichas iglesias se ubican en medio de centros urbanos, o en pueblos alejados de la urbanidad, cual reservas rurales de patrimonio cultural, provechosas para la historia del arte. Algunas de esas iglesias-museo en las grandes ciudades exigen el pago de una entrada para acceder a ciertos de sus espacios, aunque sigan ofreciendo misas rutinarias y domingueras de manera gratuita, no faltaba más, puesto que las iglesias, en particular las católicas, han perdido visitantes; y lo que es peor, han perdido ovejas y hasta pastores en las última décadas por diversos motivos. Cobrar por oír misa sería su acabose. 

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Seguir leyendo en mi columna Urbes Textuales, de OTROLUNES - Revista Hispanoamericana de Cultura (abril 2023, año 17, nr. 64).

Publicado en:  URBES TEXTUALES (München, 2023; 84 págs / ISBN 978-3-758432262).

 


Los puentes urbanos

 

Puente de los Suspiros en el distrito limeño de Barranco*

"Es mi puente un poeta que me espera
con su quieta madera cada tarde.
Y suspira y suspiro, me recibe y le dejo
solo, sobre su herida su quebrada..." 
Puente de los Suspiros [1960, vals] 
Chabuca Granda

Los puentes en las ciencias humanas, pero sobre todo en la literatura, han servido, y sirven, con frecuencia como metáfora de unión entre dos entes que están separados, por naturaleza o por destino. Se habla del puente entre dos culturas antagónicas, del puente entre dos etapas históricas, de los puentes culturales que toda ciudad cosmopolita construye de manera permanente hacia lo que la va invadiendo. Desde el punto de vista arquitectónico, los puentes urbanos tienen en muchas ciudades una función ante todo práctica, es decir, sirven para unir dos espacios que, de otra manera, quedarían aislados, porque los separa un canal, un río o un abismo, o el mar de automóviles de una gran vía. Y hete ahí que, en el caso de los puentes peatonales, estos incluso llegan a ser útiles para salvar vidas humanas, aquellos sobre grandes avenidas o la Panamericana Sur, por ejemplo, que invitan al apurado citadino temerario de las grandes urbes a no cruzar a pie pistas de alta velocidad, sino a utilizarlos. 

              De otro lado, totalmente diferente, hay puentes que se han convertido en símbolo emblemático de grandes ciudades, y también al revés, ciudades que han hecho de ciertos puentes propios el símbolo de una leyenda, de una creencia, de una marca comercial-cultural. Y en ese afán, muchas veces, el significado o utilidad originaria de aquella construcción urbana ha perdido, o ganado, lecturas. 


Seguir leyendo aquí: OTROLUNES - REVISTA HISPANOAMERICANA DE CULTURA (enero 2023, año 17, nrº 63)

Publicado en:  URBES TEXTUALES (München, 2023; 84 págs / ISBN 978-3-758432262). 

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*Fuente de la imagen: Commons.wikipedia.org 

Los ríos urbanos

Foto: "Río Rímac" - Lima, marzo 2022 /  © D. Huancaya

"Nuestra ruta se ceñía al valle del Rímac, a lo largo del río del mismo nombre que atraviesa Lima y en su curso irriga todo el territorio adyacente. El verdor y la frescura de la vegetación en la vecindad de sus riberas, y las muchas arboledas hermosas que diversifican el paisaje, ofrecían un agradable contraste con los estériles y rocosos cerros que nos rodeaban por todas partes. Sin embargo, mientras pasábamos ningún signo de cultivos o de habitantes alegró la vista o contentó el corazón, y el escenario estaba fiado solo a la mano de la naturaleza, por su belleza y efectos pintorescos. Al ascender las alturas captamos una vista de las torres y cúpulas de Lima, y del distante océano al fondo..."                

Narrative of a visit to Brasil, Chile, Peru [Londres 1825]* 

Gilbert F. Mathison


El río Nilo es a la cultura egipcia lo que los Andes a la peruana, escribió una vez el crítico literario y ferviente político del siglo XX Luis Alberto Sánchez.  Y yo digo, reduciendo, que el río Rímac es al principio milenario y paradójico de la ciudad de Lima. De la confusión en torno a los orígenes del nombre de la capital del Perú, tomado del valle, que se remite al río que lo riega, aclaró ya hacia 1609 el Inca Garcilaso en sus Comentarios Reales: "Porque no sea menester repetirlo muchas veces, diremos aquí lo que en particular hay que decir del valle de Pachacámac y de otro valle, llamado Rímac, al cual los españoles, corrompiendo el nombre, llaman Lima. [...] El valle de Rímac está a cuatro leguas al norte de Pachacámac. El nombre Rímac es participio de presente, quiere decir: el que habla. Llamaron así al valle por un ídolo que en él hubo en figura de hombre, que hablaba y respondía a lo que le preguntaban, como el oráculo de Apolo Délfico y otros muchos que hubo en la gentilidad antigua; y porque hablaba, le llamaban 'el que habla', y también al valle donde estaba".

            En efecto, y de manera muy personal, ese río, uno de los tres que atraviesa la urbe limeña de hoy, resultó para mí un dador de ideas y un lugar de inspiración artística, a pesar de que su sola contemplación puede dejarla a una sin palabras. No se piense que estamos hablando de un enorme afluente de aguas turquesas y ensoñadoras, sobre el que circulan embarcaciones turísticas a todo dar, como por el Siena, el Rin, o el Danubio; no. Todo lo contrario: los relaves mineros andinos, las desembocaduras de desagües urbanos ilegales y el malsano status quo, de agarrarlo de vertedero de basuras en varios de sus tramos, trazan su actual perfil hidrográfico incluso al atravesar la urbe capitalina. No obstante, y desde una óptica más ancestralmente supersticiosa, el Rímac resultó también para mí un oráculo y un destapador de misterios...

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* Tomado de: El Perú visto por viajeros (Tomo I: La costa). Prólogo, recopilación y selección de Estuardo Núñez (Lima: Peisa, 1973; colección Biblioteca Peruana).


------Seguir leyendo en OTROLUNES - Revista Hispanoamericana de Cultura, Nr 62 (Año 16),  marzo 2022.

Publicado en:  URBES TEXTUALES (München, 2023; 84 págs / ISBN 978-3-758432262). 



Los cementerios

"Hacia mis quince años conocí a un grupo de chicos que se reunían en la Plaza de la Constitución. Su vestimenta los destacaba del resto de los habitantes de la ciudad: usaban ropa oscura y desgastada con motivos de calaveras, zapatos industriales, chaquetas de cuero negro. A primera vista yo no tenía nada que ver con esa gente, excepto que su lugar predilecto para reunirse era el Panteón San Miguel. Aproveché la primera oportunidad que tuve para demostrar que conocía todos su recovecos. La afición de estos chicos por lo fúnebre me hacía pensar en mis autores más queridos. Empecé a hablarles de ellos, a contarles historias de apariciones y fantasmas, y terminé por convertirme en una integrante más del grupo. Fueron ellos quienes me iniciaron en Tim Burton, en Philip K. Dick cuyas novelas adoré desde el principio, y en otros autores como Lobsang Rampa que nunca acabaron de gustarme."

Después del invierno, Guadalupe Nettel  

A una pareja de peruanos, que vivía aquí en Múnich ya un par de años, les pasó algo inaudito. Resulta que una vez vieron un alma en pena, vestida de blanco, en el cementerio Westfriedhof. Fue una noche en la que regresaban a pie de una reunión, algo bebidos. Cuando casi daban las doce en punto y teniendo de manera ineludible que bordear aquel camposanto para llegar a casa, se vieron alumbrados por un brevísimo resplandor que salía desde dentro del parque de tumbas, aseguraban. Ellos creyeron ver en aquel detalle una señal de sus seres queridos ya fallecidos. No sé por qué, pero mientras me contaban aquella anécdota se me iba metiendo el miedo en el cuerpo. Pienso que no tanto por la fantasía que tenía desarrollada en mi imaginación tras haber leído tantas historias de terror que suceden en cementerios, sino porque la complicidad de ser compatriotas míos le daba crédito a aquel episodio, que en boca de algún muniquense me hubiera sonado absurdo, falto de esa superstición ancestral tan típica de las historias de aparecidos contadas allá en mi adolescencia entre broma y broma con los amigos del barrio, sobre todo en la víspera del día de los muertos, más conocida ahora como halloween, con las luces apagadas y un par de velas encendidas...


Seguir leyendo aquí:

OTROLUNES - Revista Hispanoamericana de Cultura Nr.61 (Año 15) noviembre 2021


Publicado en:  URBES TEXTUALES (München, 2023; 84 págs / ISBN 978-3-758432262).

Los zoológicos

 

Parque de las Leyendas
Felinario (Parque de las Leyendas)



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"Tomamos los jeeps para dirigirnos hacia la parte de la Hacienda Nápoles dedicada al zoológico. Escobar conduce uno de los vehículos y está acompañado de dos chicas brasileras en tanga [...] En la distancia aparecen tres elefantes, quizás la primera atracción de todo circo o zoológico que se respete. Aunque yo nunca he podido distinguir entre los asiáticos y los africanos, Escobar los describe como asiáticos. Nos informa que los machos de las especies mayores y en vía de extinción de su zoológico tienen dos o más hembras y que, en el caso de las cebras, los camellos, los canguros, los caballos appaloosas u otros menos costosos, muchísimas más. Y añade con una sonrisa maliciosa: —Por eso se mantienen tan contentos, y no atacan ni son violentos."

Amando a Pablo, odiando a Escobar  - Virginia Vallejo 

  Siempre he confesado que mis libros de cabecera van todos de psicología animal, y que me gusta observar animales salvajes, pero no en el zoológico, sino en su hábitat original. Creo que el marco de lo natural permite a las bestias salvajes el movimiento en libertad, no calculado, auténtico, feliz, algo lejos de lo que pudiera ofrecerles hasta la más fina jaula de oro en un zoológico. No obstante, después de haber visitado varios zoológicos en grandes ciudades del mundo y experimentado la misma sensación de tristeza por las fieras encerradas, como si hubieran cometido un delito a cadena perpetua, yo creo que estos lugares extraordinarios de las grandes ciudades del mundo llegan a ser en algunos casos un mal necesario. ...>>


Seguir leyendo aquí:  OTROLUNES - Revista Hispanoamericana de Cultura, Nr. 60 (sep. 2021), Año 15.

Publicado en:  URBES TEXTUALES (München, 2023; 84 págs / ISBN 978-3-758432262.

Las salas de cine

 

© Ofelia Huamanchumo de la Cuba


            "Los mendigos anónimos
vienen del cine mudo
posan en blanco y negro [...]
los mendigos anónimos
antes tenían nombres
y memoria y subtítulos"
En  blanco y negro, Mario Benedetti

Si preparo popcorn en casa, dos cosas me vienen a la memoria: los festejos de cumpleaños de la niñez y las salas de cine de Lima. Desde el nacimiento mundial del séptimo arte las salas para proyectar películas parecían ser parte inherente de ese fenómeno que tanto fascinara enseguida a las vanguardias del mundo entero. Primero, mudo, y a blanco y negro, luego con música al paralelo, después con sonido, más tarde a colores, con subtítulos, mucho después doblado a otros idiomas, muchísimo después en 3D con las supergafas oscuras, incluso con efectos sonoros extras en sala y movimientos de butaca, dependiendo del lugar. Aquí en Múnich, sala de gala, con asientos reclinables y mesitas desplegables con servicio de champán y cena a la carta. Todo iba viento en popa hasta que pasó un huracán pandémico que nos movió la alfombra roja y convirtió la esencia del cine en una pregunta de vida o muerte, o de reinvención, o de renacimiento: ¿el cine es igual a sala de cine? ¿son necesarias las salas de cine? ¿netflix no es cine, por más que uno tenga un pantallón instalado en la pared más grande de la casa? ¿un streaming de película cinematográfica no es cine? ¿el chiste del cine era mirar la película en medio de una masa de gente, entre cuatro paredes, engullendo popcorn? 


....Seguir leyendo aquí:   OTROLUNES  - Revista Hispanoamericana de Cultura Nr. 59, Año 15 (mayo 2021).

Publicado en:  URBES TEXTUALES (München, 2023; 84 págs / ISBN 978-3-758432262.

Las bibliotecas

 



"Las epidemias, las discordias heréticas, las peregrinaciones que inevitablemente degeneran en bandolerismo, han diezmado la población. Creo haber mencionado los suicidios, cada año más frecuentes. Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana —la única— está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta."          La Biblioteca de Babel, Jorge Luis Borges                                                                                                


          «En la biblioteca de un centro de idiomas ubicado en la ciudad de Lima allá por los años noventa del siglo pasado una de las pocas bibliotecas que ofrecían estantes de libros para lectura presencial en esa época se hizo un estudio estadístico sobre pérdidas de libros (bajo la causa "no devuelto" o "ejemplar desaparecido en sala") y resultó ser que "se perdían", si mal no recuerdo, dos libros por día, y aquella biblioteca solo abría 6 horas al día, de lunes a viernes. De leyenda. Bien; pero actualicemos. Un programa de fomento de lectura de la ciudad de Lima vino a ofrecer hace un par de años el servicio de préstamos de libros para lectura durante el viaje en transporte público. En el primer año se registraron pérdidas del noventa por ciento de los ejemplares. Menos mal que, con las campañas de "educación civil" que se vio obligado a crear aquel programa para subvertir tamaña ignominia, se logró casi revertir la cosa en un año más. Increíble fenómeno; o milagro de octubre limeño...»


Seguir leyendo aquí:
OTROLUNES - Revista Hispanoamericana de Cultura, Nr. 58, (feb 2021), Año 15.


El tráfico y los ruidos



"He visto una ciudad
una avenida
una calle inundada de cantos
de poemas sonando como bocinas de carros".
Poema sin límites de velocidad.
Carlos Oliva

Hace casi cien años en una revista peruana se publicó por entregas semanales una obra colectiva: La novela limeña [1920], cuyo escenario principal era la urbe capitalina. En el primer capítulo el autor inaugural, José Gálvez, escribió: "Cuando el auto pasó por la Merced, las campanas del templo se echaban a vuelo en desatentado repique y el repetido llamamiento de los bronces trajo a Juan Antonio, ese día desorbitado y nervioso, la visión de Lima antigua...". Semanas después otro de los autores, bajo el seudónimo 'Juan de Zavaleta', al presentar sus descripciones se dejó también inspirar por el contrapeso que los ruidos modernos parecían traer a cierto sosiego citadino en extinción: "El automóvil que conducía a las dos amigas runruneaba alegremente, saltando sobre el empedrado de la Alameda de los Descalzos. A un lado de la Alameda, toda una larga serie de casas chatas y polvorientas, pintadas de colores chillones ---azul índigo, rojo vivo, amarillo claro--- mostraba sus puertas anchas, sus patios empedrados, sus ventanas enrejadas y sus balconcillos floridos. Al otro lado, el paseo enseñaba la frescura de sus sauces y ficus mal podados, y la blancura marmórea de las estatuas que el descuido y la mano torpe de los chicuelos habían implacablemente mutilado. Al fondo, el convento, grueso paredón adosado al cerro y provisto de una torrecilla cuyo esquilón tañía incesantemente, completa el decorado. Diríase un rincón aldeano, todo paz y sosiego, un paisaje de la Lima, lánguida y colonial, si el intermitente piteo de una fábrica cercana y los campanillazos de los tranvías eléctricos no hubieran roto la ilusión instantánea"; eso, como una ilusión instantánea, es decir, como un instante de engaño óptico, intentaba presentar el novelista esa sensación ensoñadora del limeño que suspira imaginando tiempos pasados, aunque coloniales, mejores; a pesar de que hace un siglo, el ruido del tráfico diario se reducía al paso de un automóvil sobre una callecita empedrada y al estridente cencerro ---por utilizar un termino bucólico--- de un moderno tranvía. Completaban la bulla urbana apenas los pitos de las fábricas.
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Fuente de la imagen: http://www.protransporte.gob.pe/ 

Ver artículo completo en mi columna URBES TEXTUALES en:
OTROLUNES - Revista Hispanoamericana de Cultura, nr. 52, (setiembre 2019), Año 13.