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Magda Portal y la historia del feminismo activista en el Perú

 

Magda Portal (Perú, 27 de mayo 1900 - 11 de julio 1989)
[Fuente: archivo fotográfico Alberto Leiva La Rosa / copyright free]

Un día como hoy, 27 de mayo, nació en el año de 1900 la "primera poetisa peruana" —al decir del crítico literario, filósofo y pensador marxista José Carlos Mariátegui— cuyo nombre de pila fue María Magdalena Julia del Portal Moreno, siendo conocida como "Magda Portal". Su obra se repartió entre la lírica, el ensayo, la narrativa corta y su única novela: 'La Trampa'.

Junto con Serafín Delmar, su compañero de ruta política, intelectual, artística y del exilio, cofundaron en 1924 en el Perú la revista literaria avantgardista "Flechas". La autora peruana fue miembro fundadora, junto a Victor Raúl Haya de la Torre, del partido aprista (APRA), en el que militó durante dos décadas, hasta separarse de forma definitiva.

Publicación periódica (Lima, 1924) / digitized by google

Magda Portal fue una mujer a quien, por su vida y obra, bien podría considerarse como la primera representante del feminismo militante en el Perú, pues impulsó el voto y la participación política de la mujer tanto en conferencias públicas, como en artículos o libros colectivos.

En 2022 el gobierno peruano a través del "Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables" la condecoró de manera póstuma con la 'Orden al Mérito de la Mujer' por "su aporte al desarrollo de la literatura y la promoción de los derechos de las mujeres" (agencia ANDINA; 8/marzo/22).

Reedición de su única novela: LA TRAMPA
(Lima: Cocodrilo Ediciones, 2025) 


Ver:  Huamanchumo, Ofelia (2026): "Magda Portal, entre militancia política y literatura feminista. Sobre la reedición de la novela La Trampa de Magda Portal", QUEHACER - Revista de Desco (Centro de Estudios y Promoción del Desarrollo - Perú), nr. 17 (ene-may). 

Recordando a Carlos Eduardo Zavaleta


Carlos Eduardo Zavaleta en el Instituto Cervantes de Múnich, marzo 2006.


Hace cinco años, en uno de los inviernos más crudos que Alemania no vivía hacía buen tiempo, el profesor Carlos Eduardo Zavaleta pasaba por esta ciudad de Múnich, invitado a una serie de eventos literarios y culturales, junto con otros escritores peruanos. Fue así como tuve el gusto de oírlo leer fragmentos de su hermosa novela Pálido, pero sereno (1997).
Por hacerle una especie de pequeño homenaje, más que un gesto de mera atención, tuve la idea de invitar al profesor Zavaleta una de las tardes a conocer más de cerca esta vieja y moderna ciudad. Aceptó entusiasta; pero debido a la abundante nieve que se había acumulado por todas las calles y las bajísimas temperaturas, hubo pocas posibilidades para largos citytours, así que a pedido suyo decidimos concentrarnos sólo en la Catedral, pues él deseaba ir a una iglesia a orar por su esposa, fallecida hacía poco. Ya acaecida la noche cenamos en un restaurante instalado en uno de los edificios más antiguos del medieval centro histórico, donde la velada transcurrió en amena conversación e interesante entrevista, que publiqué en una revista del medio peruano[1]. Lo que recuerdo con mayor nitidez de ese diálogo fue su sencillez al responder mis interrogantes bastante halagadoras sobre cuestiones en torno a su obra, siendo un escritor y un profesor de la talla que todos conocemos.
Ahora, después de su repentina partida, se vienen de golpe los recuerdos e intento hurgar en mi memoria la imagen de cómo llegué a su obra, y me veo leyendo, suspendida casi mi respiración, el afiebrado monólogo interior de un singular personaje femenino. Sí, ese fue el primer cuento que leí del profesor Carlos Eduardo Zavaleta: “Juana la campa te vengará”. Y ese es el cuento que leeré ahora mismo, como inicio a un ciclo, personal e íntimo, de relectura de su obra.
La literatura peruana ha perdido a un ilustre escritor y maestro de maestros.
Carlos Eduardo Zavaleta en el patio medieval (Alter Hof) de Múnich, marzo 2006.

[1] Revista QUEHACER 159, mar-abr 06. También fragmento en:

La violencia de los ochenta en la novela peruana última

Entrevista al escritor Eduardo Huarag
(Fragmento)

(Imagen: Eduardo Huarag frente a la Facultad de Filología Románica de la LMU, München, enero 2010.)

La violencia terrorista vivida en el Perú hacia los años 80 y principios de los 90 y sus secuelas políticas, morales, sociales, económicas y psicológicas entre los habitantes del país ha sido tema central en muchas de las manifestaciones artísticas nacionales de los últimos años: desde trabajos artesanales y letras de canciones del folklore nacional, hasta películas cinematográficas, teatro, galerías fotográficas y producción literaria. Al menos en el género narrativo dicho tema parece haber inspirado los frutos más ricos en cantidad y calidad. Precisamente sobre las características más resaltantes de la literatura peruana última han tratado las conferencias que el profesor universitario y escritor Eduardo Huarag Álvarez ha dado en universidades e instituciones culturales europeas, en una gira realizada en enero 2010 por Alemania, Francia y España. Durante su paso por la Ludwig- Maximilians- Universität (LMU) de Múnich, Alemania, accedió amablemente a una entrevista.

En su última novela corta La barca (Ed. San Marcos, 2007) usted se enrola en la fila de los autores peruanos que toma el tema de la violencia de los años 80 y principios de los 90 como transfondo decisivo para una historia de amor. ¿Qué lo ha llevado a incursionar también en ese tema?

Bueno, hay varias cosas que tendría que mencionar. Primero, la experiencia vivencial de por medio. Yo pasé tres años, del 80 al 82, por la Universidad de Huamanga, en Ayacucho, y conocí una realidad muy diferente a la de Lima. Viajé hacia algunas localidades y constaté lo que significaba la pobreza extrema. No se podía pensar el país del mismo modo desde esos lugares ancestralmente marginados. De esa experiencia salió un tema, al que le fui dando vueltas por un buen tiempo, escribiendo una primera versión, y haciendo varios otros intentos, fallidos, por cierto. Y así fui armando una primera novela sobre esa materia: La promesa (2005). Esta novela, sin embargo, lleva la trama hacia otro asunto, de pronto sentí que el tema de la violencia se me había ido, y terminé escribiendo sobre el desgarrador tema del incesto. En cambio, en La barca (2007) a pesar de la distintas miradas desde diferentes espacios y tiempos, logré centrarme en la violencia y la trama policial. Y si bien el argumento central gira en torno a la relación de una pareja, Santiago y Alejandra, se tramite toda esa atmósfera de incertidumbre promovida por los servicios de Seguridad del Estado. En esta novela a través de la metafórica figura de una barca, que nunca llega a su destino y en la que mueren muchos anónimos personajes, he querido mostrar todas las implicancias que de algún modo supusieron esos años de violencia y de conmoción para el país. Creo que aquella fue una experiencia que no se puede ignorar o pasar por alto. Mi novela La barca fue así el resultado de una necesidad vital de transmitir y construir una historia sobre eso que me había dejado muy marcado por sus implicancias sociales, políticas, e incluso personales y sentimentales o emocionales.

Como sucede quizás también con novelas como La joven que subió al cielo ([1988] 2009), Rosa Cuchillo (1997), Abril rojo (2006), La hora azul (2007) e incluso Un lugar llamado Oreja de perro (2008), en las que el tema de la violencia terrorista está directa o indirectamente presente, ¿cree usted que todas ellas tienen algo en común, como para que se pueda hablar de la novela corta última en la literatura peruana?

Bueno, tienen en común eso que yo mencionaba hace un momento, esa veintena de años violentos que sacudieron la conciencia del país, tanto en Lima como en provincias. No es coincidencia que estas novelas toquen ese tema. Hay por parte de los autores un interés especial. En mi caso particular, tuve motivos de experiencia personal, pero soy consciente de que hay una actitud distinta de todos los escritores de tocar no sólo ese tema. A unos les interesa más la relación de la insurgencia con el pensamiento mesiánico, mítico; otros prefieren explorar en el conflicto existencial y el problema psicológico. Me parece que los escritores de ahora han tomado mayor conciencia del cómo hay que contar las historias, es decir, del uso concienzudo de técnicas y estrategias narrativas. Eso sí que es común a todos estos autores, si no, me atrevo a sostener que no serían relevantes sus obras.

¿Y esos escritores del Cusco – por ejemplo, Enrique Rosas-Paravichino, Luis Nieto Degregori, Mario Guevara - tienen algo especial en sus obras que permita hablar de una materia aparte con el título de ‘literatura cusqueña’ actual?

Creo que hay varias motivaciones en la producción literaria actual del Cusco. El tema de la violencia es sólo uno; también existe la tendencia hacia el rescate histórico, la metaforización, los hechos absurdos de la cotidianeidad, pero también los hechos extraordinarios muy cercanos al realismo maravilloso. Si nos ponemos a observar el conjunto de producciones de los últimos años encontraremos que no hay una temática o inquietud homogénea, como en la época del grupo Narración, por ejemplo. Hoy en día me parece que eso no existe.

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Entrevista completa en:

QUEHACER - Revista del Centro de Estudios y Promoción del Desarrollo (Desco) Nr. 178 (abril - junio 2010), 102-107.



Memoria de La guerra silenciosa

©  Ofelia Huamanchumo de la Cuba


Memoria de La guerra silenciosa.
[Fragmento]
“Tout sera oublié et rien ne sera répare” Milan Kundera. (Epígrafe a Redoble por Rancas)

Cuando hace veinte años ochos periodistas ––ignorando el negro destino que en Uchuraccay les esperaba–– marcharon en comisión de trabajo hacia la sierra alta de Ayacucho, hacía ya veinte años antes un insigne poeta peruano de la llamada Generación del 50, autor de versos como “Hay que vivir ausente de uno mismo / hay que envejecer en plena infancia / hay que llorar de rodillas delante de un cadáver / para comprender qué noche / poblaba el corazón de los mineros” , se dirigía por enésima vez también hacia las serranías – aquella vez a las de Cerro de Pasco - con el afán de buscar la verdad. Manuel Scorza era el nombre de aquel valiente. Hasta sus oídos sensibles al dolor y la injusticia habían llegado los rumores sobre la manipulación de las noticias oficiales en torno a unas matanzas de campesinos en los Andes Centrales. Se trataba de pleitos de tierras que envolvían a poderosos hacendados y a una compañía minera internacional. Sólo un informe de César Hildebrandt publicado en la Revista ‘Caretas’ diez años después de sucedidos los hechos cuestionaría los acomodos periodísticos de aquel entonces: ‘‘En marzo de 1962, aproximadamente treinta comuneros en busca de tierra fueron masacrados por fuerzas policiales. [Sin embargo...] ‘Sorda tensión crece en Pasco’ era el titular de ‘Expreso’ el 3 de marzo. El 5 de marzo, ‘La Prensa’ abría su edición así: ‘Mueren ocho comuneros al desalojar fundos en Cerro de Pasco’. Pero al día siguiente su corresponsal rectificaba: ‘Operación Desalojo de Fundos de Pasco ha dejado 15 muertos’. La versión definitiva de ‘La Prensa’ sería dada el 7 de marzo: ‘Ocho muertos sería el total en Desalojo’. ’’


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Carlos E. Zavaleta en gira por Europa



"Literatura y política en el Perú".
Entrevista con Carlos E. Zavaleta.
(Fragmento)

¿Usted considera que existe una relación casi inherente entre literatura y crítica social, o literatura y política?
En algunas novelas sí. No es una necesidad obligatoria, sin embargo, en las obras literarias puede haber un transfondo social y político; se puede decir que hay pocas novelas peruanas de los últimos cuarenta años que no lo tengan; e incluso dentro de las obras de cada autor hay algunas que se relacionan más, o menos, con lo social y político. En literatura evitar la política es evitar la realidad misma. Uno, aunque no sea un autor realista, tiene que darse cuenta de cuál es el país donde vive y no tiene por qué esconder esa verdad. Y si tenemos alguna idea de cómo explicar estos dramas humanos, tenemos la obligación de pintar esto en novelas, cuentos, ensayos, para que así se divulgue un retrato moral, social y espiritual del Perú, y hagamos algo por cambiarlo. El panorama general peruano no es alentador para un artista y sin embargo nosotros no hemos cejado en ningún momento en irnos en contra de las dificultades y tratar de buscar un retrato auténtico del Perú. De nuestro país se pueden hacer caricaturas y figuras deformes pero realmente lo que hay que buscar es un retrato más o menos realista y que de ahí emerga cualquier otra corriente.
¿Usted cree que ha hecho alguno vez política con alguna de sus obras?
En verdad, sí. Por ejemplo, en Los Aprendices (1974) yo por primera vez describo el panorama de un periodo electoral que está olvidado por la literatura: el del gobierno de José Luis Bustamante y Rivero. Justo en 1948, fecha grave para el Perú, están todos girando en torno a una pregunta de ésas, juveniles, de juego, chistosas, como la de “cuándo se jodio el Perú”; frasesitas que son divertidas, pero que si quieren ser serias, la respuesta está ahí: 3 de octubre de 1948; ahí se frustró una de las más grandes esperanzas para el Perú. Esa vez Bustamante y Rivero subió con casi el 70% de los votos, tenía la mayoría en el congreso, había un espíritu nuevo en el mundo, porque acabada la segunda guerra mundial había habido una liberación de París; y así, nosotros pensamos, los jóvenes, los estudiantes de Guadalupe, de San Marcos, sentimos que había una liberación de Lima. Estábamos listos para empeñarnos en un programa político serio, encarnado por el Apra y el Frente Democrático; sin embargo, los victoriosos se dividieron en dos grupos y pelearon entre sí y se destrozaron ellos solos. El año 48 fue un año nefasto para el Perú y ojalá no tengamos otro en que grupos que parecen distintos se unen en una conciliación pacífica, prometen todo para las elecciones, luego suben como si fueran los angelitos de la esperanza, y después arriba comienzan a pelear de nuevo.
¿Cómo ve usted o valora las últimas tendencias de la narrativa peruana?
Yo no he seguido línea por línea las últimas tendencias de la narrativa actual peruana. Yo he estudiado en calidad de docente y de escritor estos pasos hasta los años ochenta y noventa. No obstante, he tenido la suerte de oír a grandes críticos como Luis Jaime Cisneros decir que en nuestra generación del cincuenta se fundaron muchas cosas: la seriedad en la literatura, un estilo verdaderamente considerable, una estructura plausible, una dedicación al país donde se está, y el seguimiento de las reglas literarias, así como el hecho de tratar de escribir una novela seria, preocupándose en serio de los principales problemas del Perú. Este respetable catedrático reconoce también que el estilo que nosotros llegamos a tener - junto con Julio Ramón Ribeyro, Eledoro Vargas Vicuña, Enrique Congrains, Manuel Mejía Valero, José Durán - ha persistido y sobrevivido hasta los años ochenta y noventa. Este juicio a mí me llena de satisfacción y de alegría. A los jóvenes que escriben en los noventa y a comienzos del siglo XXI, no hay que enamorarlos ni ponerlos en orden de validez, sino recomendarles seriedad en el estudio, en el desarrollo de la estructura, maestría en el uso del diálogo, en el dominio de los personajes, etc. Una pieza literaria vale cuando está bien estructurada y es verdaderamente rotunda, líquida, vigente no solamente ahora sino para algún tiempo mayor. Creo que nosotros en los años cincuenta buscamos una nueva literatura, cambiamos el panorama que estaba dominado por costumbristas e indigenistas, salimos a la calle y trasladamos el foco de narración de la sierra a la costa y luego, por tanto, yo creo, fuimos honestos con nuestro tiempo y época. Y trabajamos duro y entregamos una prosa limpia, tersa, incluso elegante y poética, a los escritores que nos siguieron, empezando por Vargas Llosa y mi exalumno Bryce.
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