Los Loros

[FRAGMENTO]

Cuando yo era estudiante en Lima, un soleado mediodía de verano, un amigo de la niñez, al que yo no veía hacía mucho tiempo, le dejó un encargo para mí al vigilante de mi calle: una jaula con un peruanísimo loro verde de cabeza roja, de esos “que hablan”. Mi amigo tenía que hacer unas prácticas de Zootecnia por dos semanas en una granja avícola en Huaral, adonde por estar “terminantemente prohibido” no podía llevarse la jaula con el lorito verde de cabeza roja, su mascota, me había escrito. La carta que acompañaba a la jaula con el ave portaba además instrucciones claras: “Coloca la jaula a dos metros de altura, pero no lo tengas enjaulado. Ábrele la puertita y deja que salga solo de la jaula y se pose sobre ella. Se quedará ahí todo el día sin molestar. No lo dejes solo en casa. Si tienes que salir: prende la radio en algún programa de comentarios políticos o noticiero con mucho debate, pues mientras escuche voceríos no intentará escaparse donde la vecina, si se da cuenta de que no hay nadie en casa. Puedes atreverte a rascarle suavemente entre el ala y el buche, le gusta. Cuando empiece a oscurecer lo puedes meter a su jaula (no suele entrar de manera voluntaria), esto es difícil, pero seguro que podrás. Cúbrele la jaula con una franela, así se dormirá enseguida. Ahora en el verano puedes tenerlo todo el día afuera a la sombra, y ahí también puede pernoctar dentro de su jaulita tapada. Cada tres días puedes ponerle al pie de la jaula un lavatorio con agua, de aprox. 5 cm de profundidad, él sabe bañarse solo. Te dejo un saco de sus semillas favoritas, pero ofrécele también fruta, le gusta la papaya y el plátano, y no olvides darle agüita”.


Artículo completo en "otroLunes", Revista Hispanoamericana de Cultura