Los armadillos


La primera vez que vi la imagen de un armadillo y escuché sobre esos animalitos noctámbulos fue gracias a mi padre, quien en uno de sus viajes por el Alto Huallaga, esa singular región de la selva peruana, les había hecho una foto a dos niños andrajosos, pero felices, que llevaban entre ambos a una de esas criaturas en los brazos, y que, al parecer, mantenían en cautiverio, cual mascota.  Y a un armadillo de verdad lo vieron mis ojos en primicia en una feria de artesanías en Catacaos, un lugar alejadísimo de la Amazonía y más bien cerca al árido desierto norteño de Sechura en el Perú. Esa vez, al momento en que la feria levantaba sus tiendas por haberse hecho ya de noche, entre artículos de cuero de la región que se ofrecían en uno de los quioscos, noté la presencia de una extraña bestiezuela, que caminaba mimetizada y presurosa entre unas sandalias, con una soguilla atada al pescuezo. El exótico animal, para su desgracia, se encontraba también en condición de prisionero en poder de unos niños curiosos que con él jugaban. El animalito se mostraba hiperactivo y parecía querer olisquearlo todo. En aquella oportunidad mi curiosidad pudo más y pedí a los pequeños verdugos permitirme palpar el caparazón de aquel mamífero envuelto en tan extraña armadura y entonces pude oír también un ligero "pip, pip", que nunca supe si salió de su hocico o de su nariz.


               Pocos años después, en un viaje a la selvática zona del Pozuzo la camioneta en la que viajábamos un amigo y yo sufrió una avería en la carretera, por lo cual tuvimos que seguir el camino tirando dedo. Así, cuando logramos continuar el viaje en la parte trasera de un camión, de pronto el chofer frenó en seco, casi provocando que saliéramos disparados. Un armadillo se le había cruzado en la pista y por eso el conductor había parado y querido atraparlo, porque "eran muy pedidos", dijo.  Tiempo más tarde, conocí en las serranías de Huancayo a un músico que tenía una amplia colección de charangos y me contaba que entonces ya casi era imposible conseguir una de esas guitarrillas hechas con el caparazón de un armadillo, puesto que la policía forestal de las carreteras peruanas entre selva y sierra se había puesto muy estricta en el control de tráfico comercial de animales exóticos y productos derivados, hechos con pieles, huesos, colmillos, cachos, pellejos, plumas, caparazones, etc. Sin embargo, recuerdo haber visitado en esa misma época un expendio de comida dentro de un mercado limeño que, decorado a lo selvático, lucía toda una pared llena de caparazones, no solo de armadillos, sino de tortugas amazónicas, y hasta pieles de caimanes con todo y cabeza, y pellejos de boas. La verdad es que aquí en Alemania no he visto armadillos en ningún zoológico, sino a lo mucho en figuras heráldicas, esculpidas en alto relieve en escudos dentro de algún castillo antiguo, pues la imagen de estos pequeños mamíferos llegó a ser símbolo de la aparición del continente americano ya bien entrada la edad moderna. En estas páginas de mi Bestiario Personal tengo además anotado, y subrayado con rojo, haber estado segura de que el animal pintado en un cuadro renacentista de La última cena, que vi en un museo en Bamberg, no era un cuy, como en el Convento de San Francisco en Lima, sino un armadillo.

                   Por último, el año pasado, en una de mis visitas por tierras cacaoteras de la selva peruana, nos cogió un chaparrón en plena caminata de un caserío a otro al grupo de amigos que hacíamos la travesía. Al no tener dónde guarecernos, aceptamos el ofrecimiento de una lugareña que nos hizo una señal para que subiéramos a una terraza, que cual tambo estaba a unos metros adentro del camino, en medio de la floresta. La señora amamantaba a un bebé y acompañaba a otros tres muchachitos, que tenían de mascota a un armadillo. Después del par de minutos que duró el aguacero pregunté a los niños si conocían la leyenda de aquel animalito, y como dijeron que no, ofrecí contarla. E inventándome algo, les dije así: "Hace muchísimo, muchísimo tiempo el sol de la Amazonía se quedó dormido. Muchos animales al ver que la luz no salía y empezaban a sentir hambre, decidieron buscar su alimento del día en penumbras; pero varios de ellos murieron en el intento, porque al no distinguir los peligros de la selva se cayeron a un barranco o terminaron ahogados en un río.  Aquella vez, sin embargo, un valiente animalito se atrevió a arriesgarse armándose de valor: el armadillo. Y afinando su nariz, porque con los ojos no veía nada, salió y encontró una nuez gigante, de cáscara dura, que olía riquísimo. Mientras trataba de abrirla sin éxito, pasó por ahí un tapir. Así que el armadillo le pidió ayuda, a lo cual el tapir accedió. Entre los dos trataban inútilmente de abrir la nuez, cuando en eso pasó por ahí un tamanduá. Entusiasmado por el fino aroma que exhalaba la nuez quiso también ayudarlos. Entre los tres luchaban por abrirla, cuando en eso pasó por ahí un caimán, que se sumó a la tarea. Poco después se detuvo un otorongo, pero entre todos tampoco podían abrirla. Fue así como, con la bulla que hacían los animales en su intento, despertaron al perezoso, quien muy lerdo les habló desde lo alto de un árbol: ---Les diré el secreto de cómo abrirla, si prometen traerme una todas las noches. Así no tendré que salir a buscarla y me quedará más tiempo para dormir---. Sin pensarlo dos veces, los animales hicieron la promesa y el perezoso pidió que le alcanzaran la nuez. El más valiente de todos, el armadillo, se la echó al hombro y subiéndose al árbol se la dio. Luego el perezoso desde arriba la aventó y la nuez se partió al chocar con la tierra. Una aromática pulpa blanca que envolvía unas almendras de cacao salió de adentro y la disfrutaron todos. A partir de entonces, a pesar de que el sol de la Amazonía volvió a brillar con fuerza, estos animales prefirieron quedarse noctámbulos. Y hasta ahora solo salen de noche, a visitar al perezoso y a comer cacao. Y todo gracias al valiente armadillo". El silencio sepulcral con que los niños habían escuchado la historia se interrumpió con la acotación de uno de ellos: "El tamanduá no come cacao, señorita". Como un golpe pensé que eso me pasaba por llevar lechuzas a Atenas. "Las ardillas se comen el cacao", dijo el otro. "Por aquí todito el cacao se lo comen las ardillas. Te olvidaste de la ardilla, señorita", sentenció. "Es que es una historia inventada", me excusé, poniendo cara de quien ruega piedad: "La conté así, porque quería que ustedes dejaran libre al armadillo..., ¡pobrecito!, dentro de poco, en la noche, seguro querrá ir a ver al perezoso...".  El más grande de todos dijo muy tranquilo con su acento charapa, encogiéndose de hombros: "Lo podemos soltar". Y así lo hicieron. Entonces cuando vi que el armadillo se escabullía por entre los arbustos humedecidos respiré aliviada, y feliz de notar tanta nobleza en el corazón de aquellos niños.

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