Poesía en catalán: "Elixirs d'exili"


Poemario ELIXIRS D'EXILI (Berlín: Epubli, 2016)
de Ofelia Huamanchumo de la Cuba.
ISBN: 978-3-7418-7117-7
Título original en español: "Elixires de Exilio";
traducido al catalán por Jaume Villalba.
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Texto contratapa:
"Amb Elixirs d’exili de n’Ofelia Huamanchumo de la Cuba ens preguntem: existeixen aquests elixirs? Amb quins elements es preparen aquests revitalitzadors del desterrament? La lectura d’aquests poemes ens suggereix, en la veu replicaire i còmplice de Cupido, que hi ha un exili d’amor que és plaent si prenem els seus entremaliats beuratges. 
L’avantsala del llibre, un vers de La rueda del hambriento, és la súplica de César Vallejo trobant a faltar la seva llengua maternal i tanca interrogants que la poetessa, lluny del seu Perú natal, es planteja: què passa amb la llengua maternal, amb l’escriptura creadora? On se’n van les veus interiors que no rimen amb ‘l’altre’, que es podria anomenar cultura i diferència? Què es pot fer en aquest laberint babèlic on la llengua és literalment ‘una altra’ i de l’ ’altre’? Els poemes conspiren per a què la veu desterrada des del seu dolor inicial fins a la joia creadora parli l’idioma d’Eros, les fades i Cupido. No hi ha escapatòria: el jo poètic fiblat ha begut elixirs d’aigua, d’aire, de fang, de foc, en resum, els líquids ardent de l’amor. S’hi ha fos nous elements, s’han esvaït les barreres de l’idioma, el reverberant espai és ara el del cos enamorat i les seves delectances a la «foguera dels afectes».
La poesia de n’Ofelia Huamanchumo de la Cuba celebra una veu fresca que es nodreix d’altres vivències i ens crida -als exiliats- a no abandonar la nostra llengua primigènia, ni les seves olors i sabors propis perquè, com tanca el llibre, «Amor no tingué mai idioma».
Ana Varela Tafur
Berkeley, California 2016"


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[Fragmento:]

ELIXIRS PER A UN EXILI D'AMOR

Poetessa, tasta sense por aquests elixirs!
--m'insinuà Cupido aqueixa vegada.
I assedegada d'ambrosia
comencí a assaborir-los.

Salat trago és
la mar de l'exili
--em previngué Cupido de seguida.

I no l'escoltí.
En volguí encara més.

Sense adorna-me'n
arrossegada fui
a poc a poc
vers la teva estranya riba,
Estimat meu,
on esclaten aquestes inexorables
onades de llàgrimes
per la llengua maternal ofegada.

Forastera
varada a la vora d'aquesta illa
jec avui
afàsica poetessa exiliada.

No ploris pel què ja sabies
--em consola fins ara Cupido--
Amor no tingué mai idioma.

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AGENDA: Barcelona 'Imaginarios Desarmados'

ENCUENTRO INTERDISCIPLINAR SOBRE TERRITORIO, MEMORIA, IDENTIDAD Y EXILIIO.

15, 16, 17 y 18 de diciembre, 2016.
Casal de Joves Palau Alos
c/ Sant Pere Mes Baix 55
Barcelona.


Imagen: Detalle poster de la convocatoria para el evento IMAGINARIOS DESARMADOS.


Notas sobre el evento en la revisa digital LÍNEAS PREVIAS

Entrevista a Ofelia Huamanchumo de la Cuba en la revista digital LÍNEAS PREVIAS

Los armadillos


La primera vez que vi la imagen de un armadillo y escuché sobre esos animalitos noctámbulos fue gracias a mi padre, quien en uno de sus viajes por el Alto Huallaga, esa singular región de la selva peruana, les había hecho una foto a dos niños andrajosos, pero felices, que llevaban entre ambos a una de esas criaturas en los brazos, y que, al parecer, mantenían en cautiverio, cual mascota.  Y a un armadillo de verdad lo vieron mis ojos en primicia en una feria de artesanías en Catacaos, un lugar alejadísimo de la Amazonía y más bien cerca al árido desierto norteño de Sechura en el Perú. Esa vez, al momento en que la feria levantaba sus tiendas por haberse hecho ya de noche, entre artículos de cuero de la región que se ofrecían en uno de los quioscos, noté la presencia de una extraña bestiezuela, que caminaba mimetizada y presurosa entre unas sandalias, con una soguilla atada al pescuezo. El exótico animal, para su desgracia, se encontraba también en condición de prisionero en poder de unos niños curiosos que con él jugaban. El animalito se mostraba hiperactivo y parecía querer olisquearlo todo. En aquella oportunidad mi curiosidad pudo más y pedí a los pequeños verdugos permitirme palpar el caparazón de aquel mamífero envuelto en tan extraña armadura y entonces pude oír también un ligero "pip, pip", que nunca supe si salió de su hocico o de su nariz.


               Pocos años después, en un viaje a la selvática zona del Pozuzo la camioneta en la que viajábamos un amigo y yo sufrió una avería en la carretera, por lo cual tuvimos que seguir el camino tirando dedo. Así, cuando logramos continuar el viaje en la parte trasera de un camión, de pronto el chofer frenó en seco, casi provocando que saliéramos disparados. Un armadillo se le había cruzado en la pista y por eso el conductor había parado y querido atraparlo, porque "eran muy pedidos", dijo.  Tiempo más tarde, conocí en las serranías de Huancayo a un músico que tenía una amplia colección de charangos y me contaba que entonces ya casi era imposible conseguir una de esas guitarrillas hechas con el caparazón de un armadillo, puesto que la policía forestal de las carreteras peruanas entre selva y sierra se había puesto muy estricta en el control de tráfico comercial de animales exóticos y productos derivados, hechos con pieles, huesos, colmillos, cachos, pellejos, plumas, caparazones, etc. Sin embargo, recuerdo haber visitado en esa misma época un expendio de comida dentro de un mercado limeño que, decorado a lo selvático, lucía toda una pared llena de caparazones, no solo de armadillos, sino de tortugas amazónicas, y hasta pieles de caimanes con todo y cabeza, y pellejos de boas. La verdad es que aquí en Alemania no he visto armadillos en ningún zoológico, sino a lo mucho en figuras heráldicas, esculpidas en alto relieve en escudos dentro de algún castillo antiguo, pues la imagen de estos pequeños mamíferos llegó a ser símbolo de la aparición del continente americano ya bien entrada la edad moderna. En estas páginas de mi Bestiario Personal tengo además anotado, y subrayado con rojo, haber estado segura de que el animal pintado en un cuadro renacentista de La última cena, que vi en un museo en Bamberg, no era un cuy, como en el Convento de San Francisco en Lima, sino un armadillo.

                   Por último, el año pasado, en una de mis visitas por tierras cacaoteras de la selva peruana, nos cogió un chaparrón en plena caminata de un caserío a otro al grupo de amigos que hacíamos la travesía. Al no tener dónde guarecernos, aceptamos el ofrecimiento de una lugareña que nos hizo una señal para que subiéramos a una terraza, que cual tambo estaba a unos metros adentro del camino, en medio de la floresta. La señora amamantaba a un bebé y acompañaba a otros tres muchachitos, que tenían de mascota a un armadillo. Después del par de minutos que duró el aguacero pregunté a los niños si conocían la leyenda de aquel animalito, y como dijeron que no, ofrecí contarla. E inventándome algo, les dije así: "Hace muchísimo, muchísimo tiempo el sol de la Amazonía se quedó dormido. Muchos animales al ver que la luz no salía y empezaban a sentir hambre, decidieron buscar su alimento del día en penumbras; pero varios de ellos murieron en el intento, porque al no distinguir los peligros de la selva se cayeron a un barranco o terminaron ahogados en un río.  Aquella vez, sin embargo, un valiente animalito se atrevió a arriesgarse armándose de valor: el armadillo. Y afinando su nariz, porque con los ojos no veía nada, salió y encontró una nuez gigante, de cáscara dura, que olía riquísimo. Mientras trataba de abrirla sin éxito, pasó por ahí un tapir. Así que el armadillo le pidió ayuda, a lo cual el tapir accedió. Entre los dos trataban inútilmente de abrir la nuez, cuando en eso pasó por ahí un tamanduá. Entusiasmado por el fino aroma que exhalaba la nuez quiso también ayudarlos. Entre los tres luchaban por abrirla, cuando en eso pasó por ahí un caimán, que se sumó a la tarea. Poco después se detuvo un otorongo, pero entre todos tampoco podían abrirla. Fue así como, con la bulla que hacían los animales en su intento, despertaron al perezoso, quien muy lerdo les habló desde lo alto de un árbol: ---Les diré el secreto de cómo abrirla, si prometen traerme una todas las noches. Así no tendré que salir a buscarla y me quedará más tiempo para dormir---. Sin pensarlo dos veces, los animales hicieron la promesa y el perezoso pidió que le alcanzaran la nuez. El más valiente de todos, el armadillo, se la echó al hombro y subiéndose al árbol se la dio. Luego el perezoso desde arriba la aventó y la nuez se partió al chocar con la tierra. Una aromática pulpa blanca que envolvía unas almendras de cacao salió de adentro y la disfrutaron todos. A partir de entonces, a pesar de que el sol de la Amazonía volvió a brillar con fuerza, estos animales prefirieron quedarse noctámbulos. Y hasta ahora solo salen de noche, a visitar al perezoso y a comer cacao. Y todo gracias al valiente armadillo". El silencio sepulcral con que los niños habían escuchado la historia se interrumpió con la acotación de uno de ellos: "El tamanduá no come cacao, señorita". Como un golpe pensé que eso me pasaba por llevar lechuzas a Atenas. "Las ardillas se comen el cacao", dijo el otro. "Por aquí todito el cacao se lo comen las ardillas. Te olvidaste de la ardilla, señorita", sentenció. "Es que es una historia inventada", me excusé, poniendo cara de quien ruega piedad: "La conté así, porque quería que ustedes dejaran libre al armadillo..., ¡pobrecito!, dentro de poco, en la noche, seguro querrá ir a ver al perezoso...".  El más grande de todos dijo muy tranquilo con su acento charapa, encogiéndose de hombros: "Lo podemos soltar". Y así lo hicieron. Entonces cuando vi que el armadillo se escabullía por entre los arbustos humedecidos respiré aliviada, y feliz de notar tanta nobleza en el corazón de aquellos niños.

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